Todos tus deseos, realidad

Cuántas veces hemos deseado que todo saliera a pedir de boca. Que todos nuestros “ojalás” se hicieran realidad para al fin poder experimentar la ansiada felicidad. Alguna vez habéis podido pensar “Qué le costará a la otra persona hacer lo que quiero” o “por qué no cambia y es como quiero” ¿Verdad?. Aunque los demás actuasen en base a nuestros deseos, nos podríamos encontrar con que ese milagro tampoco es lo que esperábamos.

Mientras la felicidad sea un fin, una meta al final del camino, no dejaremos de estar en ruta.

La búsqueda de la felicidad lleva consigo un peligro, el pensar o exigirle a la vida que para disfrutarla no vaya acompañada de sufrimiento. En una sociedad en la que se ejerce una gran presión sobre cómo tenemos que ser y vivir. Eso nos puede llevar a la intención y sueño, imposible a la vez que tóxico, de vivir felices evitando y rechazando cualquier malestar.

Y podemos decir con todas las de la ley que es un sueño imposible, frustrante e incapacitador, porque vivir significa sufrir. También disfrute, pero seguro que no es el 100% bueno, ni al revés.

Pensemos por un momento lo ridículamente optimistas e ilusos que seríamos realmente si todo fuese a nuestra voluntad. Rápidamente tendríamos que buscar otros retos y volver a tener deseos incumplidos para seguir en esa búsqueda de felicidad. Al final, querer que nuestros deseos se conviertan en realidad puede pasar de ser un motor muy útil y positivo en nuestra vida a convertirse en una gran encrucijada. La presión lleva a muchas personas a pensar que no están llegando a aquello que parece tan fácil, sintiendo que están fracasando, que nunca podrán conseguirlo y, en resumen, que son infelices.

Reconocer y recibir todo lo bueno y lo malo que nos trae consigo la vida puede ser liberador. Sobre todo cuando esa constante lucha por estar bien cada día depende de permitirnos tener malos días, incluso temporadas no tan buenas. Atender y no evitar ni rechazar esos momentos no deseados cuando aparecen nos puede hacer crecer, ser más tolerantes y conscientes de la necesidad de los momentos de crisis para reformularnos.

de Robert Cotonat Gracia

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