Elogio de la envidia

Observa tu cuerpo y piensa por un momento en alguien cercano y parecido a ti. Puede ser una persona amiga, alguien del vecindario o del trabajo…

Esa persona dirías que, aun siendo muy parecida a ti, irradia una belleza que en ti, muy pocas veces, has podido ver reflejada en el espejo. Intenta ponerle nombre y apellidos a esa persona y observa de nuevo tu cuerpo mientras repasas otra vez el párrafo anterior.

Quizás hayas experimentado algo de vacío en tu estómago o apretado los dientes o a lo mejor congoja antes de que, inevitablemente, se hayan desencadenado en ti ruido mental y otras reacciones que, rápidamente, han acabado por camuflar tu envidia en otras emociones.

Que la percepción del bien de alguien provoque un sentimiento de malestar o desdicha para uno mismo y que, a veces, para aligerarnos de esa pesadumbre, podamos desear o alegrarnos de que el infortunio acabe llegando a su vida, hace que la envidia siga un intrincado laberinto.

Entre una cosa y la otra, entre nuestro malestar ante nuestras carencias y el deseo para el regocijo de cuando le llegue al otro la desdicha, podemos experimentar rabia, tristeza, vergüenza…

Podemos incluso encaminarnos a pensar que la otra persona es la realmente culpable de ese malestar y de nuestra humillación y acabar chocando con el resentimiento y la venganza

Y ¿quizás también todo lo contrario?: Échale un vistazo de nuevo al párrafo (prometo que es la última vez que te lo pido) y piensa si sería demasiado difícil llegarte a enamorar de alguien al que le ocurriera todo eso. Si tienes la suerte de compartir casi todo en tu vida con alguien, es posible que no te importe que el otro disponga de todos esos atributos y condiciones y que el vacío que experimentabas en tu estómago, si por caso has pensado en esa persona, fueran en realidad mariposas.

La envidia ha sido considerada “pecado capital” por alguna religión, tal vez más por su maraña complejidad que por la maldad que pudiera encerrar. En otras tradiciones cae en la lista de deseos poco amables y se invita directamente a deshacernos de ella y dejarla pasar como pudieran pasar las nubes en el cielo.

La psicología evolucionista, partiendo de la premisa de que la conducta humana puede explicarse mediante su función, explica esa tendencia a querer deshacernos de la envidia, acabar ocultándola, negándola, avergonzándonos de ella o, a lo sumo, disfrazándola de “sana envidia” o esperar que pase, por el hecho de que nunca ha supuesto una ventaja evolutiva hacerla pública socialmente.

La función de la envidia vendría dada por conocer el lugar que ocupamos en comparación con otros y hacer esfuerzos para reducir diferencias. Así, ante la escasez de recursos en determinados contextos, si nos vemos con menos posibilidades con respecto a otros, experimentamos envidia, y esto nos puede motivar positivamente hacia la emulación de sus comportamientos y sus logros o, negativamente, hacia acciones orientadas a su derribo.

Siguiendo esta misma línea encontramos a Marsha Linehan, psicóloga clínica, investigadora y creadora de la Terapia Dialéctica Conductual (DBT) para el tratamiento de un problema de personalidad caracterizado por, entre otras cosas, un desarrollo insuficiente en la distinción emocional entre la envidia y la gratificación. Trabajar con la envidia es una característica de su terapia, la define simplemente como “el estado de deseo de algo que otro tiene, y del que uno carece”.

Para Linehan, todas las emociones deben tener su cometido. Los sentimientos sin razones para existir serían una superfluidad evolutiva inexplicable.

Tres de estos aspectos útiles de la envidia serían:
a) la motivación para luchar contra la injusticia y la desigualdad, y hacer esfuerzos para la reducción de las diferencias.
b) la voluntad de luchar por los recursos ante la escasez.
c) la señal para pedir cambios en beneficio propio o para afirmar las necesidades de uno en las relaciones más cercanas e incluso íntimas.

Siguiendo con este modelo la envidia sólo se convierte en un problema:
a) si las demandas y deseos de la envidia exceden lo que un individuo puede esperar razonablemente.
b) si la influencia de esa envidia está socavando la relación en lugar de fortalecerla, presumiblemente también porque las expectativas son irrazonables.
c) Cuando se pretende combatir o ignorar este sentimiento de alguna manera.

Linehan da por hecho que emprender la tarea de “no compararse” para evitar el malestar que pueda producirnos esa carencia no es más que otra forma de seguir alimentando ese malestar por la vía de dedicar nuestro tiempo y esfuerzos a la tarea de luchar contra nosotros mismos.

De la mano de ese primer malestar que nos produce la envidia y mientras no quede camuflada, disfrazada, ocultada, ignorada o transformada podemos orientarnos en la tarea del descubrimiento de deseos y anhelos hacia los que quizás, sólo quizás, pudiéramos movilizarnos e incluso querer que formaran parte de nuestra propia identidad y así definirla ante nosotros mismos.

de Joan Xicola Espert

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