(In)tolerancia a la frustración

Vivimos en un mundo competitivo y exigente, donde la conformidad cada vez cuesta más de alcanzar, y la presión que nosotros mismos nos ponemos puede generarnos una fuerte sensación de malestar. La satisfacción que sentimos cuando superamos metas u objetivos nos llena de motivación y deseo de seguir avanzando, desarrollándonos, ya sea personal o laboralmente. Sin embargo, esto se complica cuando no alcanzamos lo deseado, cuando sentimos tristeza o decepción por no haber conseguido algo, sintiendo así lo que llamaríamos sentimiento de frustración.

La frustración es una reacción emocional que nos indica que alguna cosa no ha salido tal como hubiéramos deseado. Por suerte, cuando la experimentamos nos encontramos ante una sensación reversible, pero si nuestra actitud no nos acompaña, estaremos ante un estado de intolerancia o baja tolerancia a la frustración.

¿Qué entendemos por intolerancia a la frustración?

La intolerancia a la frustración va más allá de lo que el sentimiento de frustración nos hace sentir, la baja tolerancia a la frustración se caracteriza por el miedo al fracaso y la desmotivación para seguir avanzando. Nos limita y nos lleva a cuestionar nuestra valía hasta destruir la autoconfianza. En el momento en que vemos que no hemos conseguido eso por lo que habíamos luchado el nivel de rumiación aumenta, llegando a tener pensamientos intrusivos, alimentando la autoexigencia y generando una baja autoestima. Las personas que llegan a sufrir baja tolerancia a la frustración pueden llegar a evitar la situación deseada por miedo al fracaso, es decir, pueden abandonar sus objetivos.

¿Cuál es la diferencia entre alta o baja?

La persona con intolerancia a la frustración se caracteriza por ser una persona con poca capacidad de adaptación, poco flexible, rígida en su forma de pensar y autoexigente. Por el contrario, las personas con alta tolerancia a la frustración no hacen más que intentar hacer frente a las situaciones que no se ajusten a sus deseos y necesidades, personas flexibles que comprenden que las circunstancias van cambiando y que es necesario irse adaptando a dichos cambios.

Por ejemplo, si te propones empezar a estudiar unas oposiciones debes saber que, por mucho que estudies, es probable que no consigas una plaza. Antes de empezar a estudiar deberías ser consciente de las circunstancias (número de plazas, temario para estudiar, tiempo para hacerlo…), que no dependen de ti y que tampoco impedirán que en muchas ocasiones sientas frustración. Sin embargo, no vas a dejar que el desánimo te aleje de seguir luchando por el objetivo deseado.

Otro ejemplo podría ser cuando una persona empieza a trabajar de algo que todavía no ha trabajado nunca, seguramente tendrá la necesidad de hacerlo bien para sentirse satisfecha. Sin embargo, hay que aceptar que los conocimientos y habilidades no serán los mismos al principio, y de esta manera hay que permitirse errar, hacer las cosas despacio, adaptarse a la situación y no desanimarse si no sale como se desea al primer intento.

En el control de la tolerancia a la frustración también juegan un papel importante las creencias racionales e irracionales. Siguiendo el ejemplo anterior, es evidente que cuando todavía no tienes practica en alguna tarea no te desarrollarás de la misma manera (creencia racional). Pero si por el contrario te riges por que las cosas deben salirte igual de bien sin tener una práctica sobre eso (creencia irracional), es posible que te frustres hasta el punto de desmotivarte y abandonar.

¿Se puede educar y trabajar la tolerancia a la frustración?

Es imprescindible enseñar a los niños a tolerar la frustración a partir de conflictos propios de la infancia. Hacerles entender que no siempre es posible tener u obtener lo que uno quiere, y para ello tenemos que negar todo aquello que el niño quiera pero que debido al momento o a las circunstancias no puede tener. Del contrario, le estaremos privando de la necesidad de desarrollar la capacidad de tolerar la frustración y, cuando sea mayor, se verá incapaz de saber gestionarlo con éxito.

No solo se puede entrenar la tolerancia a la frustración durante la infancia, también se puede hacer en la edad adulta con las situaciones que nos encontramos en nuestro día a día. Existen varias estrategias para desarrollar las habilidades que permiten controlar el malestar que se siente ante lo insatisfecho:

  • Considerar metas realistas: es imprescindible hacer un análisis de los recursos y las posibilidades de conseguir llegar a una meta planteada. No se trata de ser conformista si no te planteas ciertos objetivos, es ser justo contigo mismo.
  • Analizar la situación: en muchas ocasiones nos frustramos sin saber qué ha salido mal y por qué motivo. Pararse a pensar en qué hemos hecho bien y qué podemos mejorar nos puede ayudar a seguir adelante, partiendo de un método a mejorar o a cambiar y con la motivación de que nos puede salir mejor.
  • Entrenar la paciencia: uno de los problemas más frecuentes es confundir el deseo con la necesidad. La necesidad debe ser satisfecha lo más inmediatamente posible, el deseo no. Si somos conscientes de que ese objetivo no deja de ser un deseo, buscaremos otras maneras de alcanzarlo o, simplemente, seguiremos siendo constantes hasta obtener algún resultado.
  • Aceptar los retrocesos: las personas con baja tolerancia a la frustración fácilmente interpretarán un retroceso como un fracaso. Es necesario considerar que en el transcurso del camino podemos tener altibajos y en algunas ocasiones podemos retroceder. Sin embargo, no nos tenemos que precipitar o abandonar si en algún momento las cosas no salen como nos gustaría, se puede volver a avanzar.

.La clave reside en gestionar la presión que nos ponemos, no ser autoexigentes, intentar no desmotivarnos y no querer hacer más de lo que podemos. Cuando somos conscientes de las circunstancias, podemos encontrarnos ante cualquier contratiempo y aceptar mejor que la realidad no siempre se construye con la rapidez y forma que nos habíamos imaginado. Recuerda, un cambio de rumbo o un retroceso no significa que hayas fracasado, sí que lo estás intentando.

de Alba Verdés Farran

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