Depresión y tercera edad

Si bien envejecer es un proceso que no se puede evitar, la depresión no debería ser una parte “normal” del envejecimiento solo porque sus síntomas puedan pasar inadvertidos. El ser humano pasa por las diferentes etapas de la vida de forma más o menos afortunada; sin embargo, al llegar a la vejez aparecen una serie de miedos, sentimientos de indefensión por la pérdida de facultades, de refuerzos sociales y familiares que llevan a un fuerte sentimiento de desesperanza y soledad.

Estos factores fácilmente pueden desencadenar un cuadro depresivo con graves consecuencias de salud, en especial para aquellas personas con alguna discapacidad o que se encuentran institucionalizadas u hospitalizadas. Por ejemplo, se concibe como algo normal el hecho de que una persona mayor tenga problemas de audición, y no se tiene en cuenta el aislamiento social que sufren, que puede derivar fácilmente en cambios de estado de animo e incluso depresión.

En este artículo hablaremos del problema que representa la depresión en la vejez, explorando los factores de riesgo, sus manifestaciones clínicas y cómo podemos ayudar a la hora de tratar con alguien bajo esta problemática.

La depresión es un trastorno emocional caracterizado por un sentimiento de tristeza constante, una pérdida de interés y una falta de motivación para realizar diferentes actividades. También afecta a los sentimientos, los pensamientos y el comportamiento de la persona, y puede causar una variedad de problemas físicos y emocionales que interfieren en la vida cotidiana.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la depresión es la principal causa mundial de discapacidad, convirtiéndola en una de las mayores epidemias que afecta a la humanidad. Pero que no se visibiliza lo suficiente; las personas deprimidas se retraen y las suicidas suelen ser ocultadas.

La prevalencia total del trastorno depresivo mayor en la población geriátrica oscila entre el 1,9 y el 9,4 por ciento. La de todos aquellos individuos que presentan sintomatología depresiva pero que no llegan a cumplir los criterios clínicos para una depresión mayor reportan una prevalencia de hasta un 49 por ciento. La depresión es más frecuente en las mujeres, aunque a esta edad las diferencias no resultan tan marcadas como en otras épocas de la vida.

Si comparamos estos datos con los de la depresión en la población general, se puede ver claramente cual es la magnitud del problema. Un 30 por ciento refieren tener sintomatología depresiva y hasta un 10 por ciento llegan a ser diagnosticados de depresión mayor.

Son muchos los factores de riesgo que se pueden tener en cuenta a la hora de prevenir o percibir que nos encontramos ante un caso de depresión en la tercera edad, pero los más habituales son los siguientes:

  • Sentimiento de soledad al no contar con el suficiente apoyo social o familiar.
  • Duelo por el fallecimiento del cónyuge o de seres queridos.
  • La jubilación, con la pérdida de estatus económico y social.
  • Falta de actividad tras dejar de trabajar.
  • Personalidad con tendencia obsesiva y perfeccionista.
  • Enfermedades crónicas, como enfermedades neurológicas o de corazón.
  • Limitaciones físicas y deprivación sensorial, afectando todavía más cuando no hay un deterioro cognitivo.
  • Ingreso en alguna institución residencial.

Cuando hablamos de la identificación de las manifestaciones clínicas en la depresión de la tercera edad, hay que tener en cuenta que hay algunos síntomas que no se reflejan como en otras etapas, lo que puede facilitar una sospecha de depresión mayor o de sintomatología propia de un estado depresivo:

  • Pérdida de interés por todas las actividades que antes le producían bienestar.
  • Tristeza y desánimo, que expresa con una sensación de aburrimiento o indiferencia.
  • Angustia, que puede reflejarse tanto a nivel de nerviosismo como de dolor o malestar somático.
  • La lentitud de pensamiento y movimiento. Pérdida de energía.
  • Irritabilidad y culpabilidad, que expresa con mal humor.
  • Alteración del sueño, que en este caso el más frecuente es el despertar temprano.
  • Alteración del apetito, que en este caso lo más probable es que haya una disminución de este, con una consecuente pérdida de peso.
  • Baja autoestima ante la falta de independencia.

Aunque en muchos casos las personas mayores no exterioricen su tristeza, nos pueden dar pistas para que podamos percibir que están sufriendo un episodio depresivo. No se tiene que dar por hecho que una persona mayor con desánimo ya no cambiará.

Recuerda que las personas mayores tienden a resistirse a los cambios a la hora de adoptar nuevos hábitos o a hacer cosas que alguien de su edad puede disfrutar mucho, se tienen que tener en cuenta sus preferencias individuales. Un acompañamiento sin juzgar a la persona por lo que esta padeciendo le puede ayudar a vencer el sentimiento de soledad, a comer lo suficiente o simplemente a llegar a salir a la calle.

de Alba Verdés Farran

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