En busca de la perfección

Ningún extremo suele ser bueno. Y aunque parezca mentira, cosas a priori tan positivas como preocuparse por los demás, llevadas al exceso pueden suponer algo increíblemente negativo. Hoy nos centraremos en cuándo nuestras exigencias se giran en nuestra contra. Cuando el deseo de hacer lo “correcto” termina por generar malestar, al verse como una necesidad o algo obligatorio.

Evidentemente, que nos encontremos con ganas de hacer algo bien es positivo. Al igual que mostrarnos reflexivos o preocupados al analizar y detectar los peligros o obstáculos que podrían aparecer nos sirve para organizarnos y sentirnos preparados.

El problema viene cuando esa preferencia por hacerlo bien y que salga todo según lo deseado se convierte en una necesidad, rígida, rigurosa y asfixiante. El hecho, por ejemplo, de no contemplar la opción de que las cosas pueden no salir bien, hace mucho más difícil aceptarlo. Exigirnos llegar a la perfección desde un principio nos lleva a ver las cosas de forma absolutista. Catalogándolo rápidamente de fracaso por no haber sido como nos esperábamos o queríamos. Buscar solo la perfección en todo lo que hacemos puede provocar que no veamos lo bueno que ya estamos haciendo.

Respecto a este constructo, la Terapia Racional Emotiva Conductual de Albert Ellis contempla el perfeccionismo como una de las más importantes causas de nuestras perturbaciones emocionales. Lógicamente no tiene nada de malo preferir hacerlo bien, el problema surge cuando estos deseos se transforman en exigencias fijas, en obligaciones y autoimposiciones. En ocasiones para nada justas, realistas o compasivas con la propia persona.

Muchas de nuestras preferencias, normas y valores han podido ser adquiridas por nuestros padres o la cultura que nos rodea. También podemos estar biológicamente predispuestos a imponernos exigencias, ya no solo sobre nosotros mismos, también sobre los demás y sobre el universo.

En este sentido, a la necesidad de perfección se le suman las exigencias de que el mundo sea justo o que siempre se nos trate bien. Aún sabiendo lo poco realista e ilógico que sería esperar que así fuera, exigir y verlo como una necesidad en lugar de una preferencia comporta resultados autodestructivos.

“No son los acontecimientos lo que nos perturban sino nuestra interpretación de los mismos”

Epícteto, siglo I. d.C.

Las necesidades dañinas

Según Albert Ellis, destacan 3 creencias centrales básicas (falsas necesidades) que son la causa de la mayor parte de los trastornos emocionales. Estas son la necesidad de:

1- PERFECCIÓN

Se centra en el modo de actuar. Consiste en creer que siempre debo hacerlo bien, que mis acciones deben ser siempre perfectas y nunca cometer errores. Que las cosas deben hacerse a mi manera.

  • Debo tener éxito y ser competente en las cosas que son importantes para mi.

Tarde o temprano la persona con este tipo de sistema de creencias cometerá un error y la intensidad de su malestar puede ser mucho mayor que si su planteamiento fuera por ejemplo:

  • Prefiero logras buenos resultados y hacer las cosas bien pero puedo aceptarme a mi mism@ a pesar de los fracasos.

2- AMOR

Se basa en la gente. Creer que las personas deben valorarle y amarme como me merezco, y hacerlo de la manera que quiero. No puedo ser rechazado y tengo que gustar a todo el mundo.

  • Debo ser amado y aceptado por las personas significativas para mi.

Cuando nos rechacen, cosa segura que nos sucederá en algún momento, ya que forma parte de la vida, la persona con este sistema de creencias se perturbará significativamente. La persona tendrá que readaptar sus excesivas exigencias y la ausencia de tolerancia al rechazo, un ejemplo de pensamiento puede ser:

  • Prefiero ser amado y aceptado pero puedo aceptarme a mi mismo a pesar del rechazo.

3- COMODIDAD

Se centra en el bienestar. Es creer que la vida debe ser fácil, cómoda, agradable, como yo espero. Que las cosas deben salir como yo quiero, que nunca debo tener problemas y conflictos y que siempre tengo que sentirme bien.

  • Debo tener una vida como yo quiero, que sea más fácil, sin problemas ni altibajos.

Si tenemos este tipo de creencias, cuando aparezcan los problemas y malos momentos que también forman parte de la vida, nuestro malestar será aún mayor. Cómo alternativa de pensamiento podemos decirnos algo como:

  • Prefiero que mi vida sea como quiero, que tenga los mínimos problemas y dificultades posibles, pero puedo aceptarla tal y como es la realidad a pesar de que no me guste y me sienta incómodo.

Cuanto más exigentes y rígidas son estas creencias, cuanto más tengan un “debería” inflexible, mayor será la reacción negativa y perturbada de la persona. En este sentido, en el proceso terapéutico ayudamos a la persona a debatir y cuestionar la rigidez de sus propias creencias o normas internas sobre ellos mismos, los demás y las cosas que les suceden. Para ello, pregúntate:

“¿Es realista creer que debes hacerlo todo bien siempre?

¿Dónde está escrito que debes ser amado siempre?

¿Es lógico pensar que no puedes tolerar un poco de incomodidad?”

Si en vez de auto-exigirnos de forma radical, gestionamos el perfeccionismo de forma funcional, estos sentimientos pueden contribuir a aumentar mucho nuestra motivación, a luchar por estar más cerca de lo que queremos y menos de lo indeseado.

Si por el contrario, se produce ese sesgo y radicalización de exigencias y obligaciones pueden aparecer muchos sentimientos disfuncionales e inadecuados. Tales como pánico, depresión, rabia, sentimientos de inadecuación o de no aceptación personal. También con frecuencia, conducen a trastornos del comportamiento como la evitación neurótica, retraimiento, procrastinación, compulsión y adicciones.

No debatimos el deseo de actuar bien, de ser amados o de estar cómodos, sino ese “tendría que” o “debería” tan dañino. Es clave la aceptación de nuestra realidad, la de los demás y de la vida tal y como es. No es sencillo, ni está libre de esfuerzo, trabajo, práctica y tiempo. Pero es muy reconfortante el proceso de sentir que encuentras el equilibrio y la paz interior a pesar de todo lo que ocurre en nuestra vida.

de Robert Cotonat Gracia

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