¿Piensas demasiado?

Me gustaría empezar este artículo con un reto, te propongo que mires estas operaciones durante unos segundos:

¿Ya? La tarea era fácil la verdad, de hecho, lo único que tenías que hacer era mirar. Y ahora te pregunto: tu cabeza ha empezado a hacer cálculos sin que nadie se lo pidiera ¿Verdad? No te preocupes, es normal.

Entre oreja y oreja llevamos una máquina de resolver problemas que funciona a todas horas y de forma casi automática. 

Los humanos somos unos privilegiados por tener un cerebro tan desarrollado, y es que, a diferencia de otros animales, disponemos de un lenguaje y razonamiento muy avanzado que, además de darnos información sobre los estímulos que nos rodean, nos permite revisar el pasado o anticiparnos al futuro y pensar cosas como:

“¿Estaría aún con mi expareja si no hubiese cometido aquel error?”

“¿Qué haré si entramos en crisis económica?”

La capacidad de situarnos lejos del momento presente nos ha permitido adaptarnos con gran éxito a nuestro entorno, superando en muchos aspectos a las otras especies que habitan este planeta. 

Esta virtud tiene sus pros pero también sus contras. Cuando nuestro pensamiento es constructivo, estimulante y nos facilita el progreso, es maravilloso. Pero, ¿Qué pasa cuando nos quedamos enganchados dándole vueltas y vueltas de forma improductiva a una preocupación? Llegados a ese punto, el proceso de pensar, que debería ayudarnos a resolver los contratiempos, pasa a convertirse en un problema; señoras y señores…

Varios estudios han demostrado que hay relación entre pensar demasiado y algunas psicopatologías como la depresión, la ansiedad, los trastornos obsesivo-compulsivos o los trastornos de la conducta alimentaria. En ese aspecto, destaca el trabajo llevado a cabo por la profesora Nolen-Hoeksema de la Universidad de Yale. Esta investigadora, que dedicó gran parte de su carrera a estudiar la rumiación, demostró que las personas rumiadoras presentan más síntomas depresivos que aquellas que no lo son.

¿Qué es la rumiación?

Entendemos cómo rumia el pensamiento intrusivo, repetitivo y poco funcional, que nos atrapa en situaciones reales o imaginadas con alto contenido emocional y nos genera malestar.
El origen puede deberse al intento, consciente o no, de integrar información que no acabamos de comprender, o de compensar la falta de confianza en nuestra capacidad para afrontar un problema.

Normalmente, este proceso empieza con un pensamiento inicial que nos genera preocupación, el cual vamos alimentando con preguntas y conexiones durante largos periodos de tiempo. Vamos a poner un ejemplo:

Pensamiento inicial: “Creo que Lucia está rara”

Preguntas: “¿Quizás está mal con su pareja?” “¿Y si tiene algún problema de salud?” “¿Le habré hecho algo?”…

Conexiones: “ahora que lo pienso el otro día me habló muy poco, me pareció borde”, “seguramente tiene que ver con ese comentario que le hice”, “también podría ser porque no le quise prestar el vestido que me pidió”, “no entiendo cómo puede actuar así, yo no le haría eso a una amiga”…

Como podemos ver en el ejemplo, con este tipo de pensamiento nos focalizamos más en el problema que en la solución. Y además, generamos suposiciones que pueden estar muy alejadas de la realidad, provocando un efecto bola de nieve: acabamos con un problema más grande que con el que habíamos empezado.

La rumia provoca alta activación mental, pero irónicamente nos bloquea e impide avanzar, pues quedamos enredados en nuestra mente incapaces de movilizarnos para resolver aquello que nos angustia.

Las consecuencias pueden ser agotamiento mental y físico, dificultad para concentrarse, desmotivación, sensación de estancamiento y malestar psicológico.

¿Por qué lo hacemos? 

El hecho de darle vueltas al problema y analizarlo desde todos los ángulos posibles nos aporta la falsa sensación de estar resolviéndolo, cuando en realidad lo que estamos haciendo es evitar afrontarlo.

Distraemos nuestra mente manteniéndola ocupada y esto nos tranquiliza momentáneamente, pero a la larga nuestra ansiedad aumenta. El problema y la incertidumbre siguen estando ahí sin que nosotros hayamos hecho nada al respecto.

Se genera un círculo vicioso del que es difícil salir, y es que la rumia es una conducta altamente adictiva.


Venga va, vamos a dejar de darle vueltas al problema y vayamos a la solución 😉.

Pautas para redirigir la rumia

  1. Observa tu pensamiento y toma distancia Pregúntate: ¿Cuánto rato llevo dando vueltas al problema? ¿Me está ayudando a afrontarlo o lo único que estoy consiguiendo es frustrarme más?
  2. Redirige tu atención con paciencia y autocompasión
    Si caes en la trampa, simplemente nota que te has dejado arrastrar por tu pensamiento e intenta focalizarte en la solución. Si vuelves a caer, no te fustigues, ten paciencia y repite el proceso las veces que sea necesario.
  3. Movilízate
    No dejes que tus preocupaciones te paralicen, ¿Hay algo que puedas hacer para solucionar el problema? ¡Pues adelante! Si no hay nada que puedas hacer, pregúntate si tiene sentido darle tantas vueltas.


Hay momentos en que la rumia puede ser muy persistente. Para estos casos:

  • Realiza actividades que te permitan desconectar y te llenen: practica deporte, lee, dibuja, llama a alguien para salir a tomar algo… Si mientras llevas a cabo la actividad aparece la preocupación, simplemente nótala y déjala pasar, puedes aplicar lo que viene en el siguiente punto.
  • No evites pensar en el problema. Al hacerlo te librarás de este durante unos instantes, pero tarde o temprano volverá y puede que con efecto rebote. Lo mejor es que escojas un momento del día para dedicarle un tiempo limitado a tu preocupación, por ejemplo 30 minutos, sin sobrepasarlo.
  • Escribe en un papel aquellas preocupaciones que más te atormentan. De esta forma ordenarás tus pensamientos y quedarán plasmados en un lugar físico, hecho que reducirá la necesidad de seguir dándole vueltas. Si además anotas posibles soluciones para afrontar cada una de tus preocupaciones, mejor aún.
  • Habla con alguien de tu entorno sobre tus inquietudes. Te hará sentir respaldado y obtendrás un punto de vista diferente, pero ojo, si dedicas toda la conversación a hablar de tus problemas, estarás rumiando en voz alta. Redirige el diálogo hacia temas más productivos o valiosos.
  • Practica Mindfulness. Esto te ayudará a gestionar mejor tus pensamientos. Puedes encontrar meditaciones guiadas en Youtube o aplicaciones para el móvil dedicadas específicamente a esta técnica.

de Oriol Carbonell Valverde

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